Por qué ante Palmeiras, por la vuelta de las semifinales de la Libertadores 2001, Riquelme sacó a relucir su repertorio más completo.


Absorbía la pelota en el pie derecho y empezaba a bailar. Lo corría Makelele, no se la podía sacar. Lo perseguía Geremi, pero nada. Se esfumaba sobre una de las rayas y desafiaba al espacio. Los jugadores del Real Madrid, mareados ante un extraño talento, una manera de jugar que no habían visto.

Tenía una extraña sensibilidad ofensiva. Cuando la agarraba, atrás de la mitad de la cancha, cerca de un córner o en el área rival, daba la sensación de que iba a generar un gol. Por eso, cuando la tomó demasiado al costado y enfiló hacia el centro, sólo él se imaginó que se podía patear al arco desde ahí. Por eso Sebastián Saja reaccionó tarde. Fue gol. Fue golazo.

Galeano lo corrió por todos lados pero nunca se la pudo sacar. Saturado, hasta le tiró una piña en algún momento del segundo tiempo. Magrao era uno de los que más gritaba para apretar la marca, pero nada. Alexandre le pegó una y otra vez.

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Cuando agachó la cabeza, encaró, se llevó a varios puestos y la puso abajo de un palo. Cuando tuvo que organizar, encontró aliados a los costados con Ibarra y Gaitán, y hacia atrás con Traverso y Pinto o Serna. Y cuando tuvo que aguantar, soportó la furia con lo que mejor le salía: un toque de físico indomable (aunque a alguno le parecía que era frágil) y un pedazo gigante de sabiduría para percibir los tiempos y los espacios: cuándo frenar, en qué momento acelerar, en qué situación caer al piso.

Juan Román Riquelme se cansó de jugar bien con la camiseta de Boca, pero tuvo tres grandes partidos que todavía conviven en la memoria de cualquier futbolero que ama la pelota. Contra Real Madrid, en la final de la Intercontinental 2000. Contra Gremio, en la final de la Copa Libertadores 2007. Y contra Palmeiras, por la vuelta de las semifinales de la Libertadores 2001. Ante el Verdao, rival al que ahora se enfrentará nuevamente el Boca de Guillermo, jugó su partido perfecto. El partido más riquelmeano de todos.

 

Fue el 13 de junio. Parque Antártica se vistió para honrar la historia de la Copa Libertadores. Ambiente tenso, esas típicas noches de hotel sin dormir por la pirotecnia de los hinchas. Esa idea de que desde afuera se puede ganar. Bengalas, mucho ruido, insultos. El partido de ida, en la Bombonera, había terminado 2 a 2. El plantel de Boca dirigido por Carlos Bianchi llegaba con el corazón herido y el bolsillo dañado: estaba en medio de una pelea con los dirigentes por los premios.

4-4-1-1. Bianchi no salió a especular, porque los primeros 35 minutos fueron casi todos de Boca, pero no regaló ni un espacio. Riquelme fue el jugador que le donó aire al equipo. Tocó 37 veces la pelota y, aunque tuvo 11 pérdidas, casi siempre logró hacer respirar a los de atrás. En los pases, casi no se equivocó: dio 28, sólo dos mal. De esos, 24 se dieron en el campo contrario. Un 92,8% de efectividad.

 

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Pateó cuatro veces al arco. Uno fue un golazo para poner el 2 a 0, uno de los más lindos de su carrera. Ganó por físico para no ser desestablizado por los rivales que le tiraban manotazos, picardía por la forma de cubrir siempre la posesión y pegada para ponerla justo en el rincón al que Marcos, el arquero, nunca iba a llegar.

Amagó 18 veces, porque necesitó escapar de una presión pasada de rosca. Palmeiras, que venía de perder la final de la Copa ante Boca, en el 2000, fue un equipo demasiado acelerado que no supo pausar. Recibió cinco faltas y tiró cinco centros (la pelota parada fue seguramente su punto más bajo de la noche, con algunos intentos desde arriba que no llegaron a destino).

En la tanda de penales, con 22 años pero más de 100 partidos encima, pateó con personalidad y precisión. Boca pasaría a la final, liquidaría a Cruz Azul y saldría bicampeón. Riquelme se convirtió en un ídolo inmenso, pero principalmente una idea, un concepto: mientras estuviera él en la cancha, nada podía salir mal. Así lo entendieron sus compañeros y así lo percibió él. Contra el Palmeiras, Riquelme jugó su partido más riquelmeano. Tuvo la protección de la pelota, como esa final ante el Real Madrid. Y la locura en el gol, como ante Gremio. Y a eso le agregó un poco de distribución y liderazgo. Fue la representación más grande de una leyenda que con el tiempo se vuelve cada vez más inalcanzable

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