Venganza: La trama secreta de la paliza de los Barras Bravas argentinos a los Hooligan en el mundial 86

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La venganza de Argentina
México 86: Batalla entre ‘barras’ y hooligans

En España estábamos más pendientes de las elecciones, que se celebraban ese mismo día, y del partido que debíamos disputar contra Bélgica. Eran los famosos cuartos de final donde siempre caíamos. Señor iba a marcar un gol con el que equilibrábamos la balanza y luego, en los penaltis, Eloy Olaya mandaba el suyo a las manos del portero belga. Da pena, porque el asturiano fue uno de los mejores del campeonato. El vértigo nos gana cuando advertimos que ya pasaron treinta años, toda una vida, desde aquellas jornadas futboleras tan maradonianas, tan auténticas, tan repletas de jugadores deshaciéndose bajo el implacable sol de un México que crucificó al gran ídolo nacional, Hugo Sánchez, culpable de errar una pena máxima frente a Paraguay.

Aunque los españoles atendiéramos a las cuitas propias y fijáramos la vista en la segunda mayoría absoluta de Felipe González o en la inevitable manera de palmar de nuestra selección, el mundo entero estaba pendiente de un partido presentado por muchos como ajuste de cuentas, como una guerra de las Malvinas en miniatura, como la oportunidad de restituir la dignidad patria de los argentinos. Por si fuera poco, trece meses antes había sucedido la tragedia de Heysel (treinta y nueve muertos provocados por fanáticos del Liverpool), y los hooligans, tan temidos, aterrizaban en México con sus cánticos descontrolados, con su olor a cerveza, con su desafío permanente, con esos tatuajes horripilantes que han exportado, por desgracia, al resto del planeta. Frente a ellos, integrantes de las diferentes Barras llegaron a un pacto de no agresión durante el campeonato. Lo fundamental era preparar el combate contra los ingleses. El choque resultaba inevitable.

 

El gran enfrentamiento tuvo lugar bajo el llamado “Ángel de la Independencia”, lugar emblemático de la capital mexicana. Las fuerzas de seguridad, muy atentas toda la jornada para evitar altercados, no pudieron impedir la paliza que los barristas –con apoyo de algunos escoceses- infligieron a los hooligans. Muchos ingleses acabaron en el hospital y, con la carga simbólica que esto tenía, banderas británicas fueron arrebatadas para proceder después a su vergonzante exhibición pública. Varias desaparecieron por efecto del fuego. En el lado argentino se congregaron Barras de buen número de clubs y el que lideraba la de Vélez Sarsfield, Ángel Gómez, sería más tarde presidente de la institución. Sin duda, hoy tendríamos el abundantísimo material gráfico que la inexistencia de teléfonos móviles –una persona, una cámara- nos negó.

Luego tenía que disputarse el partido de todos los tiempos, Argentina contra Inglaterra, y la preocupación ante nuevos incidentes era máxima. Aunque el portero sudamericano llegó a declarar que la victoria significaría una doble alegría por suponer la derrota del gran enemigo, los integrantes de uno y otro equipo intentaron tranquilizar los ánimos. Mientras Bobby Robson –técnico inglés- solicitó a la prensa que rebajara el tono de titulares más propios de un conflicto bélico, el Gobierno argentino rechazó la propuesta de unos senadores que pretendían no disputar el partido porque era necesario romper cualquier clase de relación, también la deportiva, con Inglaterra.

Antes de iniciarse el encuentro, los jugadores midieron sus gestos y trataron de mostrar respeto hacia el rival. Sin embargo, llama la atención el rostro de Maradona mientras se interpreta el “God Save the Queen” inglés: observa a sus adversarios con semblante de indignación, tenso, mandíbula apretada. Como si intentara disimular, sin fortuna, algo que iba más allá del desagrado. Cuatro años después, sonaba el himno argentino durante el Mundial de Italia y el propio Diego profería insultos –allí, en plena formación y al mismo tiempo que tronaba la melodía- contra quienes abucheaban desde la grada. El día del Argentina-Inglaterra, contaron las crónicas que algunos ingleses fueron rociados con cerveza y flujo salival cuando trataban de entonar su canto, que había muchos más seguidores del país sudamericano, que barristas aprovecharon el descanso para seguir castigando a los británicos y que el juego fue más violento en las gradas que en la cancha.

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En cuanto a lo futbolístico, bien es sabido qué ocurrió. No era la primera vez que Maradona utilizaba la mano para conseguir un gol porque ese arte ya lo había practicado en Italia, pero el mundo entero se rendiría ante la jugada más visualizada de la historia, ante la genialidad del barrilete cósmico que llegó desde algún planeta desconocido para dejar en el camino a todos los ingleses habidos y por haber. Quien fuera su yerno, Sergio “Kun” Agüero, aprendió la técnica más chusca e hizo algún tanto digital (con guantes, para ocultar huellas), aunque en las últimas semanas ha ofrecido serias muestras de estar muy lejos de la categoría futbolística de un Diego que, a diferencia del jugador del City, siempre brillaba contra rivales de entidad.

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