La trágica historia de Palomo Usuriaga,colombiano e ídolo del Rojo,que tuvo problemas con las drogas y termino asesinado por encargo por un JEFE NARCO ¡Mira las mejores fotos,videos y repasa su vida!

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Esther está al fondo, en el balcón. Tiene 74 años y calcula que debe andar por los 90 kilos. Sus brazos son rollizos. Los mece por entre un vestido sin mangas para acomodarse bien sobre la silla y verme la cara. Son casi las cinco de la tarde y he entrado a su casa, en el barrio Doce de Octubre, preguntando por uno de sus hijos.

Afuera, la luz cansada, se está jubilando. Oscurece. Desde donde está Esther alcanza a verse la esquina de enfrente, un estanco encerrado por barrotes de metal. En la pared, la figura del muchacho por el que ando averiguando sobresale en un molde de yeso: suspendido en el muro corre en pantaloneta, empujando un balón, mirada perdida, la musculatura hinchada en las piernas, alboroto de trenzas, Albeiro el ‘Palomo’ Usuriaga.

Está pintado todo de blanco, sin nombres, ni inscripciones. Da igual, nada de eso se hace necesario: cuando pasa, la gente del barrio ya no mira curiosa por entre los barrotes. Todos saben bien quién es ese muchacho que hace diez años fue asesinado ahí, justo ahí, donde el yeso ahora intenta recordarlo.




Saben, por allí casi todos, que el ‘Palomo’ fue uno de los tres primeros jugadores colombianos en llegar a la liga española; en 1989 jugó con el Málaga. Saben, que antes de eso, fue campeón de la Copa Libertadores de América haciendo goles para el Nacional. Que jugó en el Santos de Pelé. Y que hubo un tiempo, por allá entre 1993 y 1995, que en Independiente de Avellaneda lo amaron como si fuera de ellos, argentino y no colombiano. Saben que jugó en 16 equipos. Y que uno de esos equipos fue el América de Cali.

Y lo saben porque muchos de ellos, seguramente todos, alguna vez fueron a verlo al Pascual. Y allí en el estadio habrán tenido la suerte de presenciar uno de los espectáculos más maravillosos que se recuerden en esa cancha: cada domingo el ‘Palomo’ hacía suceder un milagro. Como un arco iris. O un rayo cayendo cada semana sobre el mismo árbol.

Resistido por el técnico de turno, Ochoa o Maturana, rara vez Albeiro salía de titular. Pero la gente, que lo idolatró desde siempre, empezaba a corear su apellido cuando el partido se embolataba: USU-USU-USU-USU repetía todo el estadio, todo.

Yo creo, incluso, haber visto alguna vez a un manicero desatendiendo la cucharita para unirse al coro, vendedores de helados que perdieron sus neveras de icopor mientras cantaban: USU-USU-USU-USU.

Hasta que en algún minuto imposible del segundo tiempo, faltando quince o veinte para que se acabara el juego, Albeiro, con el 23 en la espalda, los escapularios apretados al cuello, se paraba en el borde de la cancha a esperar el cambio. Y el estadio, nadie que haya estado ahí podrá olvidarlo, se quería caer de contento:

USU-USU-USU-USU.




Adentro, en la hierba, Usuriaga hacía cosas que firmaba con el apellido completo; una carrera que nadie alcanzaba, un regate pegado a la raya, una gambeta que no parecía, un centro, freno, el defensa que se cae, balón al otro lado. Gol. Usuriaga, gol.

¡JUM! ¿UN PERIODISTA PREGUNTANDO POR ALBEIRO?

Esther arruga la boca: “En diez años yo no recuerdo a nadie venir preguntando por él. Después de la muerte vinieron, pero a averiguar, a decir lo malo. De resto, nunca”, se queja con un vozarrón que se escucha hasta la calle.




La mujer ha vivido siempre por ahí y tiene una voz ronca y potente, como corresponde a la mamá del tipo más célebre del barrio, la misma que se ha pasado media vida contestando saludos de la gente que se siente orgullosa de ser su vecina: “quihubo mijo, cómo le va; ay no me hablés de ese equipo; vea, saludes por su casa”.

Carmen, una de las hermanas de Albeiro, cree lo mismo, que es raro que se interesen en el ‘Palomo’. Está sentada cerca de su mamá, con los ojos apuntando a la calle. Yo le contesto que no entiendo. Porque su hermano hizo cosas inolvidables. Como el milagro del que era culpable cada domingo, milagro que no consistía en un simple gol o una jugada; porque lo que hacía el ‘Palomo’, lo que hizo entre el 90 y el 93, los tres últimos años que jugó en América, fue unir a una ciudad alrededor de algo distinto al miedo: en plena guerra entre los carteles narcotraficantes, de verdes contra rojos, Escobar contra los Rodríguez, bombas explotando, mijito-por-favor-no-salga, llámeme-apenas-llegue, el ‘Palomo’ logró, sin darse cuenta, poner a un estadio completo a cantarle cada ocho días a la esperanza: USU-USU-USU-USU.





Esperanza en un gol, en un taco, una jugada cualquiera, qué más da. Era esperanza y eso pesaba mucho más que el miedo. Más que los coqueteos de Usu con la noche, más que sus pequeños enamoramientos con lo prohibido.

Los estadios, templos del desahogo colectivo, son iglesias que limpian almas, dan fe en los imposibles. Los domingos, ese muchacho del Doce de Octubre al que le decían ‘Palomo’, nos hizo volar por un tiempo hacia un lugar donde la guerra era apenas murmullo. ¿Será posible que esta ciudad lo haya olvidado? Es lunes 20 de enero y los Usuriaga me piden que hablemos luego.

Albeiro fue asesinado el 11 de febrero del 2004 en esa esquina de su barrio mientras jugaba cartas. Tenía 37 años y andaba sin equipo. Pero había motivos para celebrar: Juan Carlos Vásquez, el muchachito colombiano que en Buenos Aires trabajaba vendiendo hamburguesas antes de convertirse en su empresario, le había conseguido una oportunidad para empezar una nueva aventura, esta vez en la liga japonesa. Al ‘Palomo’ lo mataron un miércoles, día de fútbol, de nueve balazos. El viaje al Japón estaba pactado para el viernes.

Desde el balcón, Carmen, la hermana, vio cuando pasó: los relámpagos del arma, el humo de la pólvora quemada, rayos cayendo sobre el mismo árbol. El ‘Palomo’, capaz de cosas imposibles cuando iba en carrera, alcanzó a salir trastabillando del estanco, pero los tiros fueron mortales. Su cuerpo cayó tendido en el andén mientras los sicarios se perdían en moto por una de esas calles donde hasta ese día Usuriaga había sido intocable.

Ahora es jueves 30 de enero y esta vez converso con Yolanda, la hermana mayor. Le pregunto por aquello, la muerte, pero se apresura a contestar que de eso no hablan. Yolanda es alta, de ojos grandes, labios gruesos, 49 años. Tiene el pelo adornado con trenzas, al estilo de su hermano famoso.

La muerte ha visitado varias veces a los Usuriaga: a Eliana Fernanda García, la niñita que a los 15 años se casó con el ‘Palomo’, la mataron el 24 de junio del 99. A Carlos Albeiro Ríos Usuriaga, el sobrino que se probó en Independiente y que por su parecido, por la poesía de la resurrección, fue presentado por los periodistas argentinos como el hijo de Usu, lo asesinaron el 5 de noviembre del 2011.




Yolanda dice que fue un caso parecido al de Albeiro, solo eso. Luego insiste: “En esta casa no hablamos del tema”. La casa donde creció el ‘Palomo’ ha permanecido intacta desde su muerte: subiendo las gradas, en la pared principal, su cara pintada. Es la reproducción de una foto en la que aparece con ese gesto tan suyo: la mirada enfocada hacia ninguna parte, viendo sin ver, viendo lo que no quería ver. Lleva una gorra azul y los brotes toscos de una despoblada barba de cuatro o cinco días. Y al lado fotos, nueve en total: el ‘Palomo’ con la Selección Colombia, América, Independiente, con unos mariachis, con corbata, una novia australiana, el blazer vino tinto sobre el pecho desnudo, ataviado por dos gargantillas de oro. “Esa pinta se la puso para ir a conocer al presidente Ménem”, cuenta su hermana señalando con el dedo.

Al principio, Yolanda, como Carmen y Esther, tuerce también la boca al hablar de Albeiro tanto tiempo después: “La gente ha sido muy ingrata con él”. Y puede que sí. Porque el ‘Palomo’ tal vez nació a destiempo. Y le tocó ese, el de los genios sin apellido; tiempo en que las leyendas pasaban de generación en generación gracias a las conversaciones en el pasillo, los almuerzos de domingo, las borracheras en el barrio. En ese entonces los genios se llamaban así: ‘Palomo’, Tyson, Maradona. ¿Cómo se vería hoy en Internet la vida de un Usuriaga de este tiempo?



Quién sabe. En el anchísimo universo de las suposiciones virtuales quizás sería posible hacer click en Yosoyalbeiroelpalomousuriaga.com, para encontrar fotos de sus partidos en la Champions; un enlace a Facebook donde un meme lo comparara con Zlatan; el pantallazo de una conversación en Twitter donde dos técnicos coincidieran en que es mejor que Zlatan; enlaces a Instagram remitiendo posts en los que Albeiro apareciera en un corvette blanco. Quizás. Pero Albeiro no tuvo un apellido dos punto cero y Yolanda, la hermana, sigue con la boca arrugada: “Aquí en Colombia fueron muy injustos con él, empezando con la Federación (de fútbol): tanto que les dio y a él no le dieron nada, ¡el gol de la clasificación al Mundial del 90! En la única parte en la que se acuerdan es en Argentina: allá pasan los videos en Fox y aunque no nos tomen fotos a nosotros, pues se acuerdan. Cuando uno habla con personas que viajan a Argentina, nos cuentan que allá lo ovacionan, que siempre lo tienen en mente”.

De cierto modo, la manera de jugar es un espejo de la vida, de lo que pasa en ella. La del ‘Palomo’ siempre fue un regate sobre la raya final y muchos se quedaron recordando el balón que se le fue largo, el gol que falló, la tarjeta roja. En 1995 estuvo involucrado en la compra de una moto robada. En 1997, jugando para Independiente, fue suspendido por dos años luego que le encontraron rastros de cocaína en una prueba ‘antidoping’.

Años después, como jugador del Barcelona ecuatoriano, entró manejando a Colombia una camioneta sin placas y la prensa le cayó encima. Esther mece los brazos, empuña las manos, aprieta un madrazo en los labios: recuerda a un periodista judicial que dijo en un noticiero de la noche que el ‘Palomo’ andaba en un carro robado: “Yo fui y lo busqué. Y le dije, vea, ¿usted qué es lo que está diciendo de Albeiro? ¿Dónde están las pruebas? Y se quedó gaguiando… Me dieron ganas de meterle una cachetada, pero yo solo le dije ¡usted es mucho hijueputa!”.




Después de Esther, Yolanda fue quizás la hermana más cercana para Albeiro. Tanto, como para que se la hubiera llevado a Medellín cuando él jugaba en Nacional. Yolanda le cuidaba el sueño, se adjudica sonriente: “Al Palomo no le gustaba dormir solo”. En la sala ahora hablamos de Youtube, esa maquinita del tiempo donde su hermano todavía corre y corre, a veces hasta quedar vacío, incapaz de seguir viviendo; pero de repente saca un enganche, la cambia de pierna y define de puntazo al otro palo, lejos, imposible, risa imparable, el flash estallando, la tapa de El Gráfico, Albeiro corriendo, trenzas en movimiento, el negro celebrando, elevándose en el cielo de la noche argentina.

Aunque ella nunca estuvo allá, hablamos de ese país donde el ‘Palomo’ fue águila, halcón, cóndor. Lugar donde los hinchas de Independiente fueron súbditos eternos de la belleza de su vuelo. El periodista argentino Jorge Barraza, en la columna que el 13 de febrero de 2004 escribió para el diario El Tiempo, lo dijo sin aspavientos: “(…) Han llegado muchos futbolistas colombianos a la Argentina. Casi todos alcanzaron el éxito, uno solo la idolatría: Usuriaga”.

Desde la capital de su veneración, un utilero habla con acento porteñísimo al otro lado del teléfono. Se llama Lorenzo Gambeta y hace 37 años que trabaja en Independiente organizando lo que el equipo profesional necesita para los entrenamientos diarios: conos, balones, petos, agua. Lorenzo, entonces, vio muchos días, muy de cerca, al mejor ‘Palomo’ de toda la historia, el que lo ganó todo en Argentina: campeonato del 94, Supercopa del mismo año, Recopa del 95.

“Si estabas en el área contraria podías escuchar a los defensas: ¡qué no la agarre el negro, qué no la agarre el negro! Yo tuve que darle la noticia del dóping; me lo contó un periodista y yo fui y se lo dije a Albeiro, que estaba entrenando. Le pedí que saliera por detrás, pero él que no, que no se escondía. Y entonces dio la cara y le tomaban fotos como a un bicho raro. A mí se me salían las lágrimas… El acá había sido feliz. Era un nene (niño pequeño), se gastaba fortunas invitando a los pibitos hinchas del club a jugar en las máquinas tragamonedas, a comer helado”.

Guillermo ‘Luli’ Ríos, lateral que alcanzó a jugar un par de años al lado de Albeiro, dice lo mismo: “Un chico, sí. El que no lo conocía podía pensar distinto, pero era un chico bueno, sano. Una vez le dieron un auto, se varó y no llegó a entrenar. Luego nos contó que se sintió tan raro pidiendo ayuda en la calle, que la gente lo miraba tanto, que se metió al auto a pasar la vergüenza”.

Damián Muñoz, utilero de equipos juveniles de Independiente, lleva el apodo de Albeiro tatuado. Junto a una inscripción en homenaje a su tío muerto, puede leerse ‘Palomo’ sobre su pantorrilla derecha: “Yo a veces discuto con los que solo se acuerdan de Bochini a la hora de hablar de ídolos. Yo les pregunto, ¿y el Palomo? Ese era un tipo para imitar: el loco tiraba la pelota para adelante y nadie sabía en qué iba a terminar. Pero más que delantero, era jugador, compañero. Donde iba la gente deliraba, era como Maradona, todo el mundo lo quería”.

Quizás Yolanda tenga razón. En Argentina el ‘Palomo’ no es recordado como un ave de corto vuelo. En Avellaneda Albeiro es Maradona. Y en toda Argentina, Maradona es Dios.

***

La muerte de ese dios de otras tierras aún no ha sido resuelta en las suyas. En la Fiscalía de Cali dicen que el expediente del caso no puede ser revisado porque, según el fiscal a cargo, todavía faltan cosas por resolver y no se puede violar la reserva sumarial. En la calle, las versiones sobre la muerte del ‘Palomo’ siguen siendo igual de difusas que hace diez años: que fue por un crimen del que fue testigo, que por una mujer, que porque saludó a unos policías. Y sobre los culpables, las mismas presunciones: Mauricio Colorado Roldán, alias La Nana, el peladito que lo acribilló, habría disparado bajo las órdenes de un miembro de la banda delincuencial de Molina.

Consultado respecto a todo el tiempo que lleva el caso abierto, un exfiscal que prefiere la reserva de su nombre contesta por correo sin asombrarse: “La acción penal prescribe en un tiempo igual al máximo de la pena fijada en la ley. Para la época del homicidio, la pena era superior a 20 años, por lo tanto falta tiempo para hablar de prescripción”.

Es miércoles 5 de febrero y Jaír, un taxista de 50 años que lleva como apellido ser el hermano mayor del ‘Palomo’, me abre su casa, en el barrio Calypso, para mostrarme un monumento al olvido. Atrás, en el patio, sobre un tonel de tapa metálica y junto a una manguera que cuelga enrollada de una puntilla, hay una placa de mármol que fue descolgada del estadio Pascual Guerrero cuando empezaron a remodelarlo: “Este palco fue construido por la Alcaldía en memoria a Albeiro Usuriaga el ‘Palomo’. Santiago de Cali, 25 de agosto de 2004”, dice ahí, grabado en letras color vino.




La pregunta no es explícita, pero la duda se repite adonde quiera que me encuentre un familiar de Albeiro ¿Por qué el interés en el ‘Palomo’? A su hermano, a las hermanas, a la mamá, a los vecinos, a los sobrinos, les digo lo mismo: que estuve allí, muchas veces, en la grada, viéndolo jugar. Que lo recuerdo porque ese era un tiempo en que a veces las ventanas de mi casa temblaban por una bomba que había estallado en alguna droguería de la ciudad. Tiempo de muertos en los semáforos, disparos, gritos, miedo, mucho miedo. Pero el ‘Palomo’ nos hacía olvidar de eso, de todo eso. Cada domingo ese muchacho del Doce de Octubre era capaz de regalarnos felicidad a todos los que no podíamos ni queríamos comprarla.

En la tarde de ese miércoles, conozco a la última mujer del clan Usuriaga. Se llama Lady Dayana y es la única hija del ‘Palomo’. Tiene 16 años y una sonrisa tan hermosa como la de su papá. Cuando en su casa del barrio El Paraíso la oigo hablar de él, recuerdo al tiempo todas las condenas morales que cayeron sobre sus hombros. Los señalamientos por su cercanía con los niños, todas las veces que le dijeron marica. Recuerdo entonces la explicación de sus hermanas: “Cuando era pequeño, a él los grandes del barrio le hicieron muchos desplantes. Cuando él fue grande, dijo que nunca haría lo mismo”.

Lady habla con timidez de recuerdos borrosos; su voz va y viene, como la de un narrador de fútbol que intenta contar de un partido memorable pero jugado en otra época. Para cuando mataron a su papá, ella tenía 7 años.

Yolanda, la hermana de Albeiro, dice que el ‘Palomo’ dejó asegurado el futuro de la niña con unas casas. Lady va a estudiar para azafata. Desea conocer el mundo, viajar, recorrer, entender. La hija del ‘Palomo’ quiere volar. Para los escépticos que esperaban un gol en contra, ahí está ella, como una de esas cosas inexplicablemente hermosas que Albeiro hacía en la cancha: una vuelta, un trastabillo, un tropezón, otra gambeta, la punta del pie a última hora, el balón dentro, la gente sonriendo, la felicidad flotando, el ‘Palomo’ volando, gol. Usuriaga, gol.

FRASES 

Yolanda Usuriaga, hermana mayor del ‘Palomo’.
“Estuviera donde estuviera, él tenía que ir al barrio. Así fue cuando ganó la Libertadores con el Nacional: mientras el resto celebraba, él armaba viaje para Cali. No sé, este barrio tiene algo que lo jalaba, acá era feliz, era él. Acá salía a comer en una olla a la esquina o abría el carro y ponía música. En otro lado eso no lo podía hacer”.

“Claro, vivió en otra parte: cuando se casó, América le dio casa en El Limonar. A él no le gustaba, solo iba a dormir, se la pasaba acá, en el Doce, con sus amigos. No sé. A veces creo que no fue consiente de lo que hizo. No sé. Si usted me pregunta por qué no jugó en otra parte, yo le digo que por el barrio. Este barrio lo jaló”.
Deusdedit Caguana, exarquero del Carabobo F.C., donde se retiró Usuriaga. 
“Acá jugó poco. Pero cuando jugó, fue el diferente. Podía aguantar la pelota y luego tirarla larga y ya: todo estaba hecho. El último día el técnico no lo tuvo en cuenta y me dio la mano: me dijo pelao, no estoy para esto. Salió y se fue”.

Faryd Mondragón, arquero del Cali y excompañero de Albeiro en Independiente.
“Lo recuerdo como gran compañero, excelente jugador. Una persona muy noble, gran ser humano. Había que conocerlo, es algo parecido a lo que pasa con Faustino (Asprilla). Jugaba mucho: un día, contra Unión de Santa Fe, entró gambeteando al área y definió de rabona. Pegó en el palo. Pero iba tan duro, que el balón casi se regresa al campo de nosotros”.

Asesinato

Hacia las 7:20 de la noche del 11 de febrero de 2004, el exfutbolista departía en un negocio de juegos de azar y venta de bebidas, ubicado en la esquina de la calle 52 con carrera 28F de Cali. Allí acostumbraba pasar el tiempo con amigos y vecinos jugando dominó o cartas. En ese momento, un joven se bajó de una moto y le disparó varias veces, ocasionando su muerte inmediata.

Aunque los informes preliminares de las autoridades señalaron que el crimen de Usuriaga se debió a que el exfutbolista presenció un asesinato en su barrio de origen, la Fiscalía General de la Nación esclareció el homicidio tres años después. De acuerdo con un informe divulgado por el diario El País, las investigaciones concluyeron que el asesinato fue ordenado por Jefferson Valdez Marín, jefe de una banda de sicarios conocida como “Molina” o “La Negra”, pues “El Palomo” tenía una relación sentimental con su expareja, con la cual seguía obsesionado el delincuente.

video de su vida y su carrera

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