Real Madrid a cuartos con sudores

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Urge que alguien en el Real Madrid bucee en el extenso archivo histórico del club y realice unos vídeos de propaganda para sus propios jugadores. Unos ciclos de cine para aprovechar la magnífica sala de la residencia y enseñar a los actuales maniquíes de la camiseta blanca lo que se juegan cada vez que la visten. Un ‘Why we fight’ a la madridista.

Porque estando la temporada como está, que el Madrid jugase ayer 60 minutos en la cuerda floja, no tiene sentido. Porque si Salah tuviera pies de futbolista y no de velocista, el final de la historia podría haber sido diferente. Porque si Keylor no hubiera sacado las alas, el fantasma del Schalke hubiera rondado el Bernabéu. Porque si no es gracias a Lucas, una vez más, Concha Espina habría derramado más indiferencia que euforia tras el partido.

Se pueden hacer dos lecturas, la optimista y la calmada. La primera habla de un Madrid que volvió a ganar, que terminó sometiendo a la Roma y que se planta en cuartos de final de la Champions con todas las de la ley. La segunda es la que la que se ajusta las gafas en el entrecejo con un dedo y suelta aquello de “Ay, el día que nos coja un equipo decente…”.

El equipo salió a la búsqueda del equilibrio con Bale en su banda y Casemiro en el centro. El brasileño actúa de apoyo del balancín. Cuando está sobre el césped, Kroos y Modric se sitúan a ambos extremos y juegan, mientras él se mantiene en el centro, haciéndoles subir y atreverse, disfrutar. Su diversión es la risa de los demás.

Pero enseguida la Roma encontró huecos, autopistas por las que aceleraba un Salah desatado. Tiene potencia para hacer rodar una bicicleta estática, pero cuando la pincelada requiere finura, no es capaz de guardar el rodillo. Dzeko perdonó a los 15 minutos y Salah antes de la media hora. Pero perdonar de verdad, de tener a la presa en la cazuela y dejarla escapar. Y el Bernabéu se impacientó.

Modric era el estabilizador de un equipo que acumulaba llegadas al área rival y disparos, muchos de los cuales obligaban a una estirada de algún aficionado. Tras el cuarto de hora de respiro se esperaba una reacción, un cambio, un algo que demostrara que el Madrid sabía que se jugaba los cuartos, en todos los sentidos. Pero no.

Salah se plantó a los cinco minutos de la reanudación en las barbas de Keylor, solito, con la espuma aplicada y la navaja afilada. Y no le tocó ni una patilla. La echó fuera de forma estrepitosa mientras 70.000 gargantas resonaban al unísono en un tragar saliva colectivo que se repetiría poco después con dos paradones de Keylor a Florenzi y Manolas.

Y salió Lucas. Bale dio para una hora y el canterano resolvió en tres minutos. Cogió un balón en banda, levantó la mirada y la fijó en su marcador como un pistolero del Oeste hubiera mirado a su enemigo en duelo. Le encaró, le rompió, devolvió la mirada al frente y encontró a Cristiano con los ojos y con la bota para cederle el 1-0.

Una vez más un chaval de la casa salvando los muebles en una situación complicada. Otra razón más para que el cambio que necesita el Madrid se cimente en Valdebebas. La revolución será canterana o no será.

James cerró el triunfo a pase de Cristiano en el 68′, un gol que le debe dar confianza. El Bernabéu le reprocha kilómetros, pero el equipo echa en falta sus gotas de magia. Y la Champions se gana con más de lo segundo que de lo primero. Los últimos 20 minutos sirvieron para despedir a Totti, al que recibió el coliseo blanco como si se tratase realmente de un partido de despedida. Se apaga y a la generación que creció imitando sus medias bajadas en el recreo le duele el DNI.

Marzo mayea para el Madrid. Todas las citas de Liga son bocas de incendio, todos los partidos europeos adquieren una trascendencia de título, de última oportunidad. En una temporada que parece escrita por el creador de Juego de Tronos, los blancos siguen salvando la cabeza gracias a la Champions. El guión es tétrico, pero Zidane dirigirá al menos un par de capítulos más en busca de un final feliz.

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