Fútbol Argentino

Milito: “Me retiro con la camiseta que amo” ¿Crees que sea el idolo maximo de la historia de Racing?

Los hombres también lloran; está muy bien que eso suceda. Y cuando ocurre, el impacto suele ser más fuerte para los testigos de esa imagen. Si el que llega a ese estado emocional es un ídolo, todo se exacerba. Y esa reacción desde lo más profundo puede extenderse hacia los demás. El llanto, como la risa, contagia. Es capaz de causar ese efecto en una persona más o en la mayor de las multitudes. Así son aquellos que consiguen un arrastre masivo de seguidores porque algo habrán hecho para ello… La historia de Diego Milito no podía ser mejor. En el día de su adiós ante su público, metió un penal para llegar a su gol oficial 22 desde que regresó, justo el número mítico de su casaca. El destino así lo quiso: Crivelli le tapó el segundo tiro desde los doce pasos. Una herejía…

“Que se tome el domingo y vuelva el lunes”

Con las pocas fuerzas que le quedan y el partido acabado, Milito ahora camina la cancha como si se estuviera desarmando. A decir verdad, efectivamente se está desarmando por dentro. Algo que se estruja en su interior le expulsa hacia afuera una descarga que deja paralizados a casi 55.000 hinchas que revientan las tribunas con banderas en su honor. Que no se animan ni a parpadear con tal de no perderse ni un segundo de ese instante irrepetible. Hay que mirarlo a él. No existe nada ni nadie más que el Príncipe.

Emociones Mil

Y Diego, el Diego de esa gente que ilumina la noche con las luces de sus teléfonos, explota en lágrimas. Se lleva las manos a su rostro, se desplaza alrededor del campo para agradecerles a todos. Sus brazos simulan abrazar a cada una de las almas de las gradas. E invita a sus compañeros al recorrido, siempre pensando en el grupo… El momento más conmovedor se produce: Sebastián Saja se lanza a llorar como un niño. Lo abraza de modo distinto que el resto: mutuamente, ponen su cabeza en el hombro del otro, como si fuera el reflejo de lo que fueron en estos últimos dos años, codo a codo. Se deshacen en llanto a moco tendido, al unísono.

#GraciasDiegoMilito

El Chino se despegará del compañero en el liderazgo. El de su misma edad (36). El amigo que le dio la Academia, también unidos por compartir las mismas filosofías futboleras y el alto nivel de profesionalidad. El Príncipe (ya Rey) se despide del Cilindro. No jugará más aquí oficialmente el tipo que reconstruyó el espíritu del club, que imprimió su impronta ganadora y edificó una idiosincrasia positiva en el cuadro de los viejos lamentos. Lloran los abuelos, los padres, los nietos. No saben cómo retribuirle gratitud por haber vuelto a la Acadé para llevarla a la gloria, como en 2001. Y al máximo ídolo de Racing le cuesta modular cada palabra en el campo de juego. “Me voy como quiero, con mi gente, en mi casa. Me retiro con la camiseta que amo, quiero agradecerle a la gente por el cariño. Me gustaría abrazar a uno por uno. Le mando un abrazo a Sofia, mi mujer, que me hizo ser padre otra vez”, dice, conmovido, con la mirada cansada. Claro, de madrugada, alguien lo esperaba: debió abandonar la concentración para irse de urgencia a la Suizo Argentina, donde su esposa dio a luz a Morena. Ni la beba quería perderse la fiesta histórica de ayer.

El Diego de la gente

Desde alguna habitación de la clínica no lo habrá podido ver, pero sí sentir a ese papá estremecido hasta en las uñas. “Cumplí los sueños que tuve en Racing. A veces no es fácil lograrlo, pero estoy tranquilo y en paz”. Esta es la leyenda del 22. Del Rey.

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