La pesadilla de River. Guillermo cuenta con un ARMA SECRETA para amargar al Millo y le saca provecho siempre

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Guillermo disfruta enfrentar a River como cuando jugaba y sabe que su historia pesa para su equipo y el rival. Así lo vive en la previa…

Guillermo y Boca festejan
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Un saque de arco largo. Un despeje fallido. Batalla sale lejos y queda a mitad de camino. Centurión se encuentra con la pelota picando, se la tira por arriba, la va a buscar y la empuja de cabeza. Guillermo Barros Schelotto, el gran protagonista de esta historia, mete un pique como los de su época de número 7, entra al campo, se lanza a los guantes de Werner, salta, abre los brazos, revolea el puño, corre alrededor de sus suplentes, no puede parar. Es el técnico, pero también el jugador que fue y el hincha en el que supo convertirse entre 1997 y 2007. Es alguien que sabe lo que vale ganarle a River en el Monumental y lo que valdrá repetir este domingo en la Bombonera. Para encaminarse decididamente hacia el campeonato.

Desde que se paró en la puerta del vestuario visitante del estadio Ciudad de La Plata que el Melli tiene a River decididamente en la cabeza. “¿Quién habla? ¿Leo? Ojalá que la racha de no tener penales a favor se corte en el superclásico…”, lo chicaneó a Farinella, en el móvil con Estudio Fútbol. Así, con una sonrisa pícara, volvió a meter en la agenda el tema de los penales y los arbitrajes. Y durante el domingo libre, ganó tranquilidad con el triunfo de Independiente sobre Newell’s que le permite llegar al superclásico con cuatro puntos de ventaja sobre el escolta. “Llegamos como queríamos”, dijo. Donde para muchos hay nervios y sufrimiento, para Guilermo hay disfrute. Responsabilidad grande que no se convierte en un exceso de equipaje. Tanto cuando era jugador como ahora que es técnico. Lo único que lo saca es que no puede meterse al campo a resolver algunas situaciones como quisiera y sólo le queda solucionarlo con gritos suyos o de su alter ego o, si nada cambia, sacar al futbolista en cuestión (como hizo el sábado, fastidioso con Pavón).

River siempre pareció ser su rival preferido. Es por eso que la forma en la que lo sufrieron muchos otros símbolos riverplatenses no lo sufrió nadie. Primero, por haber sido parte de la era más exitosa de la historia de Boca, con 16 títulos entre locales e internacionales, entre ellos cuatro Libertadores y dos Intercontinentales. Y después, por lo que supo hacerles dentro de la cancha, con la pelota y con la lengua: los duelos por la Libertadores 2004 tuvieron al Melli en su máxima expresión dialéctica. Rápido para señalar a Hernán Díaz, ayudante de campo de Astrada, y decirle a Baldassi: “Ese señor que no sé como se llama me está insultado”, y hacer que lo expulsaran. O cuando hizo echar a Sambueza: “Che, boludo, te rajó”, le mintió, el pibe compró, protestó de mala manera y el árbitro ahí sí le mostró la roja. O para gastar a Salas cuando se acercó a ayudarlo a levantarse después de una infracción: “Marcelo, ¿sos vos? No te conocía. ¡Qué gordo que estás!”. Los dos goles en el 2-2 del Clausura 2003 y el penal que le hacen en los diez minutos que estuvo en cancha en el 1-1 del Clausura 2006 también son inolvidables. Y lo que empezó como jugador los sigue como DT, con ese 4-2 en el Monumental como último exponente de su historial.

Este superclásico, sin embargo, es la primera final para un equipo que tuvo que rearmarse desde las salidas de Orion y el Cata Díaz tras las semifinales de la Libertadores y de Tevez, a fines del año pasado. Sabe el mellizo, aun con la tranquilidad que le dan los cuatro puntos de ventaja, lo que vale este partido que ya empezó a jugar, a vivir, a disfrutar y, desde hoy, a transmitirle a su plantel. Porque de volver loco a River, algo sabe.

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