La increíble historia de un jugador que jugo en un GRANDE,ahora esta en la C y salvo vida de refugiados

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Aquel Felix Orode que se robó las portadas en un San Lorenzo-Huracán cuenta una historia de superación: de la vida en un campo de refugiados a los dramas para llamar a su familia en Nigeriaorode-nigeriano

Hay un limbo periodístico, una historia no contada, en la vida del nigeriano Felix Orode entre aquellos 15 minutos de fama que auguró Andy Warhol para todos –en rigor, fueron 13 jugando para San Lorenzo ante Huracán– y el solidario hecho de sus compañeros pagándole un viaje para volver de visita a su país luego de cinco años sin poder hacerlo.

Orode abandonó los grandes flashes de Primera tras aquellos buenos minutos –con exquisito pase gol incluido–. Vistió las camisetas de Nueva Chicago, CAI, Excursionistas, Luján, Comunicaciones, Ormeño de Perú y Sportivo Barracas, desde donde nuevamente irrumpió en la escena: sus compañeros hicieron rifas para pagarle el viaje a su Nigeria natal, a la que no volvía hace cinco años. En el medio, una historia de superación, supervivencia y “positivismo” sobre la espalda de un pibe de 26 años.

“Hace tres meses pude volver a Nigeria y le expliqué a mi mamá que me habían ayudado mis compañeros. Ella se puso a llorar. En esos 11 días me saqué todo el peso que tenía en los cinco años de espera”, dice desde el departamento que comparte en el barrio de Almagro, sobre la Avenida Corrientes, con su esposa Yamsín, su suegra –a la que menciona como una madre– Norma y sus hijos Salvador (3 años) y Simona (8 meses).

“Abrazaba tanto a mi mamá que la gente se pensaba que era mi novia. Mis sobrinos no me conocían. Los fui a ver jugar al fútbol. Volví livianito. Volví con felicidad”, explica a Infobae en un perfecto castellano que modela estudiando el idioma con una profesora al menos dos veces por semana.orode-familia

Hace tres meses volvió a su país luego de cinco años: visitó a sus cuatro hermanos y su madre
Hace tres meses volvió a su país luego de cinco años: visitó a sus cuatro hermanos y su madre
Antes de eso, había pisado su Kaduna natal, una ciudad del centro del país, en junio del 2011, justo cuando recrudeció el permanente conflicto religioso entre cristianos y musulmanes. “Estaba mirando la tele y escuché las bombas. Sólo agarré el pasaporte y sacamos corriendo a mi mamá del lugar con mi hermano. Nos fuimos a un campo de la Policía”, cuenta con una naturalidad que no coincide con la magnitud de aquel atentado, entre tantos otros que vivió su ciudad.

Estuvo viviendo durante una semana en un campo de refugiados a la intemperie porque no podía salir del país. El mismo que había robado tapas de diarios en un clásico argentino, ahora estaba luchando por su vida. “Vi gente a la que le faltaba las piernas en la calle, otros con la cara sangrando”, confiesa con pena y preocupación, porque su familia perdura en un país que si bien recuperó cierta calma está asediado por las disputas. A tal punto, que debió dejar de hablar con varios amigos que eran musulmanes porque “no puedo confiar en nadie”.

Lo que siguió no fue menos tenso: desde Kaduna al aeropuerto de Abuya hay dos horas de viaje. Debió ser trasladado por un Policía que conocía, con los musulmanes armados al costado del camino. “Había riesgo que me tiren en ese momento. Te pueden matar. Casi dejo el fútbol en ese momento”, afirma. Hoy, explica, recomiendan no andar por la calle luego de las 19 porque “te pueden acuchillar o prender fuego por nada”.

El futbolista de Barracas no se deja caer ante estos recuerdos. Automáticamente cambia el semblante, pone su mente en blanco y repite como un lema religioso: “Siempre pienso en positivo. Debo seguir trabajando. Nunca voy a bajar los brazos”.

Orode con la calle Corrientes de fondo como un argentino más (Nicolás Stulberg)
Orode con la calle Corrientes de fondo como un argentino más (Nicolás Stulberg)
A medida que la charla continúa, Felix recuerda sus primeros días en Argentina. El recibimiento en el aeropuerto donde pensó que “hablaban chino”, aquella primera semana enfermo por el cambio de clima y comida y los graciosos problemas con el menú. “Comí bife durante un mes y medio porque era lo único que sabía pedir. Aprendí a pedir paella, y estuve otras tres semanas comiendo eso. Después me hice amigo del cocinero y me ayudó a ir conociendo otras comidas”, confiesa con una sonrisa.

Felix baja de pronto la voz en la siguiente respuesta. Quizás para que no escuchen su dolor sus pequeños hijos que ahora juegan en otra habitación. Su enorme sonrisa se borra de golpe. Exprime con fuerza la cuchara que sostendrá durante toda la entrevista en sus manos. Sus ojos cobrarán ese color rojizo que anuncia la contención del llanto. En total son cuatro los ojos que experimentarán esa sensación en esa habitación a medida que cuenta lo sucedido.

“Hace dos años falleció mi hermana. Estaba embarazada. A los cuatro días que murieron sus bebés en la panza, ella se fue con ellos. Yo me quedé encerrado adentro de la casa, con los ojos así –hace un gesto de tenerlos hinchados–. Casi me muero. Tengo 30 horas de avión a Nigeria. Falleció mi hermana y no pude ir. No es como de acá a Luján, que podés ir en colectivo o corriendo. Es muy difícil todo”, resume ante lo consulta por aquellos momentos de dificultad que debió atravesar.

Las peripecias de un nigeriano en Buenos Aires no son simples. En la era de la comunicación, padece problemas más acordes al pasado: puede llegar a tardar más de tres días en tener una comunicación con su familia. “El Whatsapp por ahí llega en tres días porque hay que cargar crédito para tener Internet y vuela rápido. A veces tengo que mandarle un mensaje a mi hermano muy largo para que lea todo y después cuando tenga crédito me responda”, detalla al mismo tiempo que dice haber gastado mil pesos por un llamado telefónico de tres minutos a su madre.

“Sufro bastante. A veces no quiero llamar a mi mamá porque hablar con ella me pone triste, me pongo a llorar. Ayer hablé con ellos y quedé un poquito chiflado porque me puse a pensar”, saca desde su interior antes de volver a centrarse en el lema que lo sostiene: “Siempre tengo que pensar positivo”. Su cara, otra vez, se transforma.

Felix posa para la cámara: “Esta va a quedar bien”, comenta sobre la foto (Nicolás Stulberg)
Felix posa para la cámara: “Esta va a quedar bien”, comenta sobre la foto (Nicolás Stulberg)
– ¿Qué es lo que más te gusta de Argentina?
– (Abre bien grande sus ojos y mira fijo, con convicción) “¡El asado!”

Más distendido, cuenta con detalle, paso a paso y apasionadamente, aquel primer gol en la Liga de Nigeria con 14 años. Ese tanto que le significó su primer dinero en el bolsillo, ya que los hinchas le regalaban plata por su actuación.

Del paso por el Ciclón guarda una fluida relación con el Pipi Romagnoli y Diego Rivero, pero lo más importante es la posibilidad de haber conocido a su mujer. Recrean entre los dos aquellos días. Él confiesa que ella no le contestó durante varios meses los mensajes que le enviaba en inglés, su lengua natal, por Facebook.

Orode se muestra amable. Seguro. En su alrededor, se palpa que es un tipo querido. El portero de su edificio lo cargará porque este fin de semana no hizo un gol y él se prenderá en la broma como un argentino más.

– “Nigeriano de nacimiento, argentino por elección, dice tu Twitter. ¿Por qué?”
– “Por cómo me trata la gente; la familia de mi esposa. A veces voy al kiosco a comprar y me dicen: ‘No, dejá negrito, llevalo’. Y no me conocen. O le regalan caramelos a mi hijo. El argentino es cariñoso. No puedo pedir más cosas. Es más que un millón de dólares”, reflexiona.

El tiempo se termina, su hijo Salvador vuelve a revolotear por el living y Orode responde con certidumbre sus tres deseos. Pone firmes sus dedos y remarca: “Eran cuatro; uno lo cumplí que era volver a ver a mi familia. Los otros son volver a jugar en Primera, ser citado a mi Selección y que mi familia de acá conozca a mi familia de allá”.

Actualmente en Primera C, sueña con volver a jugar en Primera División
 

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