La gambeta que no puede cortar ¡mascherano perdió su quinta final con la Selección en 12 años!

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La gambeta que no puede cortar

Mascherano perdió su quinta final en 12 años con la Selección. No le alcanzó con haber sido uno de los mejores contra Chile y duele verlo sufrir como sufre.

Mascherano se volvió a quedar sin nada.
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Va a seguir comiendo mierda Mascherano. Ya estaba cansado de hacerlo cuando se lo dijo a sus compañeros en Brasil. Y no habrá consuelo que condimente ese plato tan asqueroso. Ni siquiera haber sido uno de los pocos destacados en una final que no tuvo al equipo a la altura del resto de la Copa. Se lo podrá rescatar dentro de los análisis futboleros, no hará falta ser tan puntilloso para destacar su carácter, su capacidad, sus cojones para agarrar la lanza cuando a casi nadie le respondían las piernas. El metió su penal, sin darle margen de esperanza a Bravo. Pero nada va a alcanzar porque la historia no les da valor a los que pierden, ni los registran. Y a quién le gusta escribir sobre fracasos. Fracaso porque él mismo habló de que no valía ninguna otra cosa que no sea cortar con los 23 años de mufa. Las medallas de plata le pesan más que a la gran mayoría. Como si todo este tiempo sin títulos debiera cargar sobre esta generación que encabeza junto a Messi. Tal vez no sea justo, tal vez la carga no debería caer simplemente sobre ellos y sus compañeros. Tal vez… aunque no parece difícil hablar de justicia en estos casos.

Cinco finales perdidas son demasiado, Masche. Para defensores, para detractores, para los más calentones, para los más fríos… cinco finales, son demasiado. Y lo sabe. Esa idea le reventaba las neuronas a cada paso que daba detrás de la fila india de jugadores argentinos que iban en busca de otra medalla del peor color para un bilardista. Seguramente el Jefecito no se identifique con dicha escuela, aunque al igual que su DT, sabía que no podía volver a suceder lo de ayer. Hace años que se cansó de “comer mierda” y no le sale otra cosa. No la traga mejor por ser uno de los pocos que puede ostentar las dos medallas de oro olímpicas de la Selección. Haber formado parte de esos planteles no lo salvará de la lluvia de críticas que atormentará por perdedora a una generación. Para un tipo que se cansó de levantar trofeos en Europa, que esa palabra lo roce le daña el alma. El remedio se lo llevaron dos veces seguidas los chilenos, otro par los brasileños (Copa América 2004 y 2007) y una los alemanes (Mundial 2014). Y la cura no estará al alcance, al menos, hasta 2018…

Son 14 campeonatos vistiendo la camiseta de la Selección. La que se puso antes que la de River, Corinthians, West Ham, Liverpool o Barcelona y todavía no le dio las alegrías suficientes como para menguar las derrotas. Ayer jugó una barbaridad. De volante, de defensor como en España, dio el plus de los que siempre ponen la cara en las difíciles. Raspó, pegó, ordenó, anticipó hasta a propios y contagió. Pero sigue comiendo mierda. Como hace 12 años, cuando Bielsa lo tiró a la cancha. Ni se imaginaba que el destino lo iba a gambetear tanto. Los huevos no alcanzan.

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