La historia de Ortigoza: Multi Campeón con San Lorenzo que aprendió a patear penales para poder comer

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La escuela

El Gordo Jona lleva pegada al cuerpo la camiseta azul y amarilla de Central, pero no el de Rosario, sino el de González Catán, su lugar de toda la vida, en un suburbio de Buenos Aires, en Argentina. Le dicen “Central del 30”, por el número del barrio en los mapas de la zona. La lleva con orgullo, mientras se mueve con maestría por el campo de tierra con algo de césped en el que su equipo se juega unos 2.000 dólares en terreno visitante, en la definición de uno de esos tantos torneos ilegales por dinero que se hacen en la zona. Hay un gran premio para el ganador y también apostadores ocasionales, que la juegan para uno u otro lado. Justo en este partido, se pega más fuerte que en ningún otro. Levantan a uno por el aire en cada costado de la cancha. De golpe se genera un tumulto, parece que va a haber golpes y alguien saca un arma. El Gordo Jona escucha de un costado: “Hoy tenemos que perder o no salimos vivos de acá”.

El Gordo Jona, Jona por Jonathan, en realidad no lleva ese nombre en su documento de identidad. Nacido en en 1984, fue bautizado Néstor Ezequiel, ya que en aquel momento en Argentina no se permitían nombres anglosajones, producto del recelo por la reciente Guerra de Malvinas con Inglaterra. Jona se crió en Merlo y empezó a despuntar el vicio del fútbol de chico en el club Itatí, de esa localidad y después en otro llamado Loma Grande. Ingresó a las inferiores de Argentinos Juniors, lugar en el que siguió el camino de Juan Román Riquelme, Diego Maradona, Fernando Redondo y tantos más. Al mismo tiempo siguió jugando aquellos torneos por dinero en los barrios cercanos. Lo hizo incluso después del 2004, el año en el que debutó en la Primera de Argentinos. Lo hizo incluso a disgusto de su padre, que le mostraba una vieja cicatriz en el talón, producto de una cruda patada en uno de esos campeonatos.

El mejor y más guardado secreto de Jona ocurría cada viernes a las 10 de la noche. Allí se acercaba a un terrenito en el que se juntaban unos 100 hombres. Todos llevaban algo de plata para apostar. El campeonato duraba hasta las 5 o 6 de la mañana, pero no era por equipos ni con camisetas. Jona y esos locos jugaban a penales, al mejor de tres cada encuentro, hasta que de los 100 presentes quedaban dos, mano a mano en una final. Aunque se podía jugar en parejas, con un pateador y un arquero, Jona jugaba solo, porque si ganaba de a dos había que repartir la plata. Si bien lo suyo era el mediocampo, se revolcaba como el mejor para atajar. Y conseguía el dinero para aportar algo más a la casa o comprarse algo de ropa, ya que siempre vivió en la pobreza. Fue en esos certámenes que aprendió la técnica perfecta para ejecutar: “Yo me paro recto para no avisarle al arquero lo que voy a hacer y entonces tengo ese golpe mío, que lo agarré de los campeonatos de penales, muevo el tobillo y la coloco”.

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La universidad

Van 36 minutos del primer tiempo de la noche de todas las noches del Nuevo Gasómetro del Bajo Flores. El 13 de agosto del 2014, el estadio arde como nunca antes, como nunca después. Néstor Ezequiel Ortigoza (para el barrio conocido como Jona) tiene en sus manos un destino y una historia. La tiene en sus manos y en breve pasará ese sueño a sus pies. Nacional de Paraguay y San Lorenzo empataron 1 a 1 en Paraguay, en el primer partido de la final de la Copa Libertadores, trofeo que ninguno de los dos clubes posee. El encuentro de vuelta está 0 a 0 y hay penal para San Lorenzo. Todo queda a merced de Ortigoza, como en aquellas mil noches del campito. Unos segundos después, cuando se llena la boca de o, Jona va a buscar el diploma de licenciado en tiros desde los doce pasos.

 

Ortigoza pateó penales de todos los tipos. Pateó el que ganó una Libertadores y pateó cuando San Lorenzo perdía 1 a 0 con Instituto por la Promoción a la segunda categoría de Argentina, cuando se pensaba que su equipo se iba al descenso. Al tener un padre paraguayo, recibió el llamado de la selección guaraní y acudió con su receta. Ahora también anda dando vueltas por el mundo con su receta infalible. Sólo falló un disparo en toda su carrera.

En un diálogo íntimo, Emiliano Díaz, la mano derecha de su padre Ramón en el seleccionado paraguayo, soltó: “El equipo es Ortigoza y 10 más”. De cara a la Copa América Centenario de los Estados Unidos, Jona será una de las cartas principales de los suyos en el Grupo A, junto a Estados Unidos, Costa Rica y Colombia. Ante la pregunta sobre si cambiará su técnica en caso de tener que definir la final, Ortigoza no duda: “Le voy a pegar igual que en los torneos. Eso no cambia”. Lo que en realidad desnuda Jona es que existir también se trata de eso, de no cambiar aunque todo cambie. De no perder el sentido de la pertenencia para pensar que a veces lo aprendido en el lugar más impensado es la carta más importante para vencer en el más codiciado de los escenarios. Esencia en los penales. Esencia en la vida.

 

Fuente: Pasion Futbol por Jorge O. Blanco

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