Historia de vida: Dybala, el que se agarró de la tristeza para cumplir el sueño de papá

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El crack de la Juventus vivió momentos difíciles tras la muerte de Adolfo, su padre, en el 2008. Hoy, parte de esa historia vive en su festejo de gol.

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El 26 de septiembre del 2008, Paulo entendió por primera vez lo que es la ausencia. Algo en él se rompió en aquella tarde tan áspera como inolvidable en la que se fue Adolfo, el Chancho, su padre, su todo, ese que lo llevaba cada día de Laguna Larga a Córdoba Capital, anclados los dos, como uno, en un sueño de gajos de cuero, en una causa común. ¿Qué sentido tenía seguir sin él? ¿Cómo continuar esa ilusión compartida si el camino lo había dejado sin la otra mitad? ¿Dónde encontraría las fuerzas para empujar la pelota de zurda, para seguir viviendo con eso encima?

Seis meses tardó Paulo en volver a sentir que ese sueño valía la pena por él y también por el que faltaba. Seis meses le costó volver a cargar las energías que puso en aquella promesa en los últimos días de su padre, cuando el cáncer terminaba de ganar la batalla. “Con 15 años le prometí a mi papá que iba a ser jugador de fútbol. Su sueño era tener un hijo futbolista, no pudo Gustavo, mi hermano mayor, ni tampoco Mariano, el del medio. Tenía que ser yo”, diría mucho tiempo después. Esos seis meses, los peores de su vida y los más duros que recuerde, siguen presentes en cada partido casi una década después, porque al dolor no se lo olvida, sólo se aprende a vivir con él.

Paulo Dybala

Seis meses porque Instituto insistió pero debió ceder a Paulo durante ese tiempo a Newell’s de Laguna Larga, el club en el que Adolfo había sido campeón como técnico y dirigente. Sin papá, los 49 kilómetros de distancia entre Laguna Larga y Córdoba fueron demasiado para lo poco que podía aguantar ese flaco de ojos chispeantes pero apesadumbrados. Un semestre después, incluso tras haber pensado en soltar todo y tras haber salido campeón con Newell’s, el zurdo volvió a Instituto con la decisión contundente de vivir en la pensión del club. Si había sufrido medio año de tristeza rodeado de sus afectos, ahora debería pasar el río solo en la gran ciudad. Las primeras noches, en las que se encerraba a llorar en un baño, lo iban a curtir para toda la vida.

 

La máscara del guerrero

 

“Me quedó una charla pendiente con él. Yo tenía 15 años y a esa edad hay muchas cosas que todavía no hablás con tu viejo. El quería que yo fuera jugador de fútbol. Probó con Gustavo, con Mariano (sus hermanos) y conmigo. Y él siempre decía que yo iba a llegar. A lo mejor no disfruté de él como tendría que haberlo hecho, pero es lógico también por una cuestión de edad. Tenía 15 años y nunca me imaginé que le iba a pasar lo que le pasó. Mis dos hermanos lo tuvieron más tiempo y hablaron un millón de cosas más que yo no hablé. Eso no lo voy a poder hablar con nadie. Mis hermanos, mi padrino y padres de amigos míos cumplieron esa función y me ayudaron muchísimo. Pero no es lo mismo”. (Clarín, octubre 2016)

Paulo habla y deja de ser aquel chico para convertirse en la estrella de hoy, Paulo Dybala. Aquella incertidumbre luego de la muerte de su padre se convirtió en un retorno a Instituto, un precoz debut en Primera, un pase al Palermo de Italia y el salto grande hacia la Juventus y hacia la final de la Champions League. El jovencito de la mirada que brilla pasó de seguir a Lionel Messi a jugar al lado de él en la selección argentina.

Dicen los que conocen a Paulo que tomó de su abuelo polaco que escapó de la Segunda Guerra Mundial la calma para mostrarse imperturbable en los momentos de tensión. “Me dicen que tengo cara de niño, pero dentro pienso como un futbolista de 30 años”, asegura. Y cuentan que de su padre quedó la ilusión de empujar hacia el sueño de futbolista con todo lo que hubiera. “Me enseñó a luchar por lo que más queremos, a seguir con los brazos en alto en los momentos malos, tristes y feos y a no bajar nunca la cabeza”.

 

Cada vez que hace un gol, Dybala pone la mano sobre su rostro, en forma de ve corta, en un festejo bautizado como la “Dybala Mask”. El mensaje oculto del joven Paulo esconde la máscara de un gladiador que, según él, pelea contra los problemas que plantea la vida diaria. “En la vida todos tenemos problemas y dificultades de las cuales tenemos que salir adelante luchándola, como hacían los gladiadores. Más allá de que en la vida todo seamos felices y sonrientes”, dice el cordobés.

 

Hay otro día que Paulo no olvida, pero por lo feliz. Un día que casi que se contrapone a aquella tarde en la que lo dejó Adolfo. El crack se recuerda frente a una hoguera junto a unos amigos, a los cinco años. La ronda en la que cada uno toma la palabra tiene una pregunta concreta: ¿Qué querés ser cuando seas grande? El zurdito retiene la frase que pronunció y que dio pie a las risas de todos los presentes y hasta la suya: “Yo de grande quiero ser el mejor jugador del mundo”. Desde algún lado papá bien sabe que el mejor de Laguna Larga ya está en camino.

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