Historia de James Rodríguez: el fútbol y la simpatía al amigo de Pablo Escobar que lo hice crecer

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La primera vez que Gustavo Upegui vio jugar a James Rodríguez se enamoró para siempre. Lo vio chiquito y zurdo como ningún otro, mágico y flaquito y, sobre todo, líder. Lo vio meter un memorable gol olímpico el en mismísimo Atanasio Girardot, el mítico estadio ubicado en Medellín, en el que la Academia Tolimense se llevaría el torneo Ponyfútbol, ante más de 5000 personas. El niño de 12 años, que todavía tartamudeaba al ponerse nervioso, tenía un talento distinto, casi como un embrujo, y una constancia digna del mejor atleta del mundo. Sólo le faltaba cuerpo. Por eso, Upegui decidió que era el momento de ingresar a la vida de ese proyecto de crack. Upegui iba a ser clave en el futuro de James, pero nunca lo vería triunfar.

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James, por su padre, y David, por su madre. Esos mismos que duraron un par de años juntos, hasta que María del Pilar Rubio, cansada de las peleas con ese jugador de fútbol algo afecto al alcohol llamado Wilson James Rodriguez Bedolla, dejó Cúcuta con su hijo y se fue a Ibagué. Allí conocería a Juan Carlos Restrepo, ingeniero de sistemas y exjugador de las divisiones inferiores del Deportes Tolima, la figura paternal más importante para el pequeño James. Él mismo le compró cada balón durante su infancia. Él mismo lo llevó a las canchas de El Jordán, que eran pura arena, y después a la Academia Tolimense, donde se terminó de formar, hasta que lo vio su benefactor.

Gustavo Upegui tomó preponderancia durante los últimos años de los 80 y los primeros de los 90. Lo hizo por ser el jefe de la Oficina de Envigado, una suerte de empresa delictiva articulada a Pablo Escobar, el narcotraficante más importante de todos los tiempos. “Lo conocí en los años 60, cuando mi familia se trasladó al barrio La Paz (en Envigado). En diagonal a mi residencia vivía la familia del señor Abel Escobar y doña Hermilda Gaviria. De esta familia era miembro Pablo. En esa época infantil compartíamos afición por el ciclismo y el fútbol. Mi familia se trasladó en 1971 y no volví a ver a Pablo hasta 1980, cuando participamos en actividades políticas y culturales, como civismo en marcha e iluminación de escenarios deportivos”, contaría Upegui, en una entrevista con El Espectador, en 1998. Si hasta le brindó cobijo a Escobar en una de sus fincas, en pleno escape del Patrón, allá por 1988. Upegui pasó el sacudón de la muerte de Pablo Emilio y siguió adelante. Con los famosos “dineros calientes” llegó rápidamente a la cima del Envigado Fútbol Club, ese que presidía en aquella tarde en la que vio jugar por primera vez a James Rodríguez.

“James nunca quiso ser un futbolista, porque para mí, siempre estuvo claro que él había nacido futbolista. Por eso nosotros hicimos todos los esfuerzos y lo exigimos, porque sabíamos que se trataba de un niño con mucho talento”, recuerda la madre del crack. Lo cierto es que el “Alcalde Mayor”, como le decían a Upegui debido a su enorme poder, decidió comprar el pase de James para depositarlo en su club. Y no dudó en gastar dinero, ya que le pagó al adolescente un tratamiento de hormonas muy parecido al que el Barcelona ejecutó en Lionel Messi.

Por ese entonces, Upegui era todopoderoso. Liberó a sus hijos de sendos secuestros a fuerza de torturar y matar gente y, aunque se lo acusaba de todo tipo de crímenes, había logrado escabullirse de la justicia mediante la acción de jueces que posteriormente fueron condenados por facilitar sus veredictos al narcotráfico. Upegui manejaba todo en Envigado y sus tentáculos llegaban hasta el primer equipo del club que presidía. Así quedó claro cuando obligó al director técnico, Hugo Gallego, a sumar a James al plantel de Primera y hasta pidió que le dieran la camiseta número 10.

James David Rodríguez debutó con el Envigado el 21 de enero del 2006, a los 14 años, 10 meses y nueve días. Gustavo Upegui fue asesinado el 4 de julio de ese año, cuando seis hombres disfrazados de agentes ingresaron a su finca en el municipio de San Jerónimo. El responsable fue un lugarteniente suyo que quería quedarse con el negocio: Daniel Alberto Mejía, alias Danielito. Upegui, que vio a James antes que nadie, jamás pudo verlo triunfar. El talento sin techo del crack colombiano no necesitaba ya de su influencia.

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