El otro Maradona: La historia que asegura que este jugador es mejor que Maradona

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El otro Maradona
El documental ‘El otro Maradona’, que próximamente se proyectará en el Offside Fest 2015, revela uno de los grandes misterios de la historia del fútbol

 

“Nos divertíamos en la cancha”. A esta frase de Gregorio Carrizo desde su Villa Fiorito natal, al sur del gran Buenos Aires, le falta parte de sujeto: Diego Armando Maradona y él se divertían en la cancha.
La historia de Carrizo es de esas que piden luz. Gran parte de ella se la han dado Ezequiel Luka y Gabriel Amiel, los directores del documental El otro Maradona , que en unas semanas se proyectará en el Offside Fest 2015 de Barcelona.

Diego y él comenzaron a jugar juntos de niños. Hacia los 9 años, Goyo convenció a Diego para hacer una prueba en Los Cebollitas. En aquel momento dio comienzo su carrera. Los Cebollitas no era sino el nombre que el primer entrenador de Maradona, Francis Cornejo, le había puesto a los niños de las categorías inferiores de Argentinos Juniors.

Aquel equipo de chicos nacidos en 1960 estuvo 136 partidos invicto en los durísimos campos de la Argentina de los primeros 70. Es, sin duda, el equipo infantil más conocido de la historia del fútbol.

La gente discutía sobre quién era el mejor. Si el 9 o el 10. El 9 de Goyo o el 10 de Diego. “El sueño era jugar en Primera los dos juntos”, reconoce Carrizo en el documental. Diego, antes de ser Maradona, siempre decía que habían empezado juntos y que juntos seguirían.

Todo apuntaba a que podría ser así. El futuro en Primera con Argentinos no parecía muy lejano. En el horizonte, quién sabe, estaba el mundial que Argentina organizaría en el 78.

Cebollita

 

Será la historia con minúsculas la que dividirá primero a los amigos. Diego se convertiría en el jugador más joven en debutar en la Primera argentina: no tenía ni 16 años. En cambio a Goyo, a los 20, una rotura de ligamentos le hizo crac en algo más que su rodilla derecha.

La Historia con mayúsculas se encargaría de hacer más palpable el contraste entre las vidas de Goyo y Diego. Diego pasó a Boca, un traspaso millonario le llevó al Barça, rindió Nápoles entera a sus pies y tocó el cielo en el mundial de México ’86. Recién inaugurada la década de los 90, Diego comenzó a convertirse, en todos los sentidos, en una figura totalmente por encima del fútbol.

Maradona, el amigo de Fidel Castro. El de la iglesia maradoniana en cuyo nombre se casa gente. Aquel que da nombre en la actualidad al estadio en el que los dos amigos soñaban debutar y sólo uno lo logró.

Mientras, en Villa Fiorito quedaba la depresión y la pobreza para Goyo. Había cerrado una década de peregrinar por equipos desconocidos como Dock Sud, Independiente Rivadavia o Barracas Central, donde se retiró con 30 años. Sentía una deuda con Villa Fiorito por no haber podido llevar su nombre por todo el mundo.

La última vez que Goyo y Diego se han visto fue en 1997, en un plató de televisión. Hacía veinte años que Diego había salido de Villa Fiorito. Llevaba en la mano las llaves de un apartamento que Argentinos Juniors le regaló.

Hace mucho tiempo que Goyo le da gracias a Dios. Lo hace por lo que este, según dice, le dio a Diego; no a él. Si no se hubieran conocido, Goyo sería Goyo Carrizo, y no el otro Maradona.

La cuestión es: ¿cómo se siente uno en ese cortocircuito sentimental?, ¿qué cosas te pasan por la cabeza cuando uno sabe que un hecho fortuito le ha privado de alcanzar lo que más quería?, ¿ cómo se complementa con eso la alegría por un amigo encumbrado en la Historia para siempre? La de Carrizo es una historia en minúsculas, en la que el yo pugna con el sentimiento de amistad pura.

¿Cómo se siente uno con un país entero sacándose en el 86 las espinas del mundial de los militares y la sospecha de haber podido ser el héroe de tal gesta? Era Diego el que estaba en el Azteca haciendo a Argentina campeona del mundo. El amigo. El ídolo de una nación. El recordatorio para Goyo de lo que él nunca fue.

El amigo de Maradona

La falta de salidas atenazó a Carrizo, que reconoce que en algún momento de penurias económicas ha pensado en quitarse la vida. Pudo haber tocado el cielo y ahora sus hijos estaban sin zapatos.

Si Goyo no hubiera conocido a Diego, no le habría puesto de nombre Diego Armando a uno de sus seis hijos. Si Goyo no hubiese conocido a Diego, ahora no escucharía, cuando pasea por su Villa Fiorito nunca abandonado, “ese fue mejor que Maradona”.

No sería el mismo que es hoy. Se sentiría siempre de otra manera. Al fin y al cabo reconoce que eso de que él era mejor que el Diego le produce risa, vergüenza y rabia, porque dice que es mentira.

Goyo, según cuentan, sonríe hoy. Trabaja de cazatalentos. Sigue hablando de Diego como si fuese su amigo de infancia. Queda la duda de cómo habría sido su vida si no hubiera tenido siempre esa comparación latente. Si a Villa Fiorito y al cielo de todo el mundo no les hubieran separado los ligamentos de una rodilla.

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