De Ferro a la Selección: A puro huevo y corazón viene del ASCENSO argentino

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Zapala, tantas veces noticia en los periódicos por sus fuertes ráfagas de viento, es un pueblo encantador ubicado en el centro de la provincia de Neuquén y puerta de entrada a los centros turísticos más visitados de la Patagonia. Allí, camino a los lagos, Junín de Los Andes, San Carlos de Bariloche y San Martín de Los Andes se crió Marcos Acuña junto a Mamá Sara, la abuela Leonor, tres hermanos (Dos mujeres y un varón) y una pelota siempre al pie. Su padre se marchó de casa cuando tenía cinco años.

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Hoy, veinte años después, campeón y figura de la Academia; convertido en papá de Mora y Benjamín; hijo pródigo de Zapala e iluminado por el llamado del Patón Bauza, celebrará el próximo viernes su cumpleaños número 25 covertido en un hombre de Selección: El mejor regalo, su gran sueño.

Olimpo de Zapala, club ubicado a 200 metros de la casa de su abuela y que entrenaba en la Escuela 114, fue el primer refugio del pequeño Marquitos en el fútbol. Los primeros gritos de gol, el primer aprendizaje, las primeras broncas y la fama de buen zurdo. Modesto, nada del otro mundo, pero con un despliegue que cautivaba a los entrenadores neuquinos. Así fue que se lo llevaron al Don Bosco y lo motivaron para viajar a Buenos Aires.

Un pequeño de 13 años llegó por primera vez de Neuquén a la gran ciudad para probar suerte en Boca y San Lorenzo, aunque debió regresar con la decepción en el lomo. Enojado porque en Buenos Aires apenas le daban cabida a su sueño, continúo jugando y divirtiéndose en las canchas del sur, donde comenzó a destacar aún más por su técnica y profesionalismo.

Fue a los 17 que su madre financió un nuevo sueño por otra oportunidad. Quilmes lo aceptó, pero no le daba lugar en la pensión. Luego no pasó el filtro en River, Tigre y Argentinos Juniors. Pero la constancia y la ilusión pudieron más y esta vez el sueño se quedaría deambulando por la ciudad de la furia. Una semana a prueba en Ferro, la aprobación del DT de turno, el alquiler de una pieza en el barrio de Floresta con los mangos que le dio su vieja y a jugar…

Pero no era sencillo. El Huevo, acostumbrado a chocar con los contrarios y hacerse chichones en la cabeza, tenía que levantarse a las 5 de la mañana porque Ferro entrenaba en Pontevedra y antes debía pasar por el estadio de Caballito desde donde salía un colectivo con el resto de los juveniles. Eran 40 kilómetros y si se quedaba dormido debía llegar en tren, a dedo o como pudiese en medio de una ciudad inmensa y desconocida. Lejana a su Zapala de 30 mil habitantes.

Para colmo, le robaron tres veces camino a la Estación Floresta del Ferrocarril Sarmiento. Quería pegar la vuelta, extrañaba a los suyos y lo amargaban los buitres de acá. Pero el esfuerzo daría sus frutos. El debut en la primera del Verdolaga estaba cerca: Primero le hicieron un lugar en la pensión y meses después llegó la convocatoria del Chaucha Bianco para viajar a Comodoro Rivadavia. Su estreno fue ante la Comisión de Actividades Infantiles por el campeonato de Primera B Nacional de la temporada 2009/2010. Bien al sur.

Cumplió, pero se trataba tan solo de un comienzo. Para tener la segunda chance le tocaba resignar su posición de volante y ocupar un lugar en el lateral izquierdo. Lo requería el equipo y cumplió en su primera prueba desde el arranque frente a Chacarita. Su temperamento nunca falló. Aunque le jugó en contra con varias expulsiones al principio de su carrera. Su fútbol se destacó siempre por su gran fortaleza física y mental. Hasta que volvió a volantear y se convirtió también en un gran asistidor. Usó la 3 y también la 10 de Oeste. Lo suyo pasó siempre por la superación.

En Caballito, durante la temporada 2011/12 compartió mitad de cancha con otro al que Bauza citó a la Albiceleste: Julio Buffarini. Con el cordobés, quien debutó en el ascenso con la camiseta de Talleres, coincidió un año en el Verdolaga en el que jamás imaginaron vivir esta experiencia de ensueño. Estaba en la fantasía de algún día, quizás, tal vez más adelante, pero la realidad marcaba otra cosa. Había que pelearla en la mitad de tabla de la segunda categoría. Aunque para imposibles estaba ver a River disputando esa B Nacional y ya era un hecho. Estaban cara a cara.

Luego de marcar cinco goles en 117 partidos jugados con Oeste, el Huevo llegó a Racing a cambió de 5 millones de pesos y seis meses después gritó campeón. Jugó Copa Libertadores y anotó 15 tantos en 83 partidos. Con laburo y calladito se ganó un lugar, el cariño de la gente y la consideración del Patón.

De Zapala a Buenos Aires. De Caballito a Pontevedra. De volante a lateral y de lateral a volante. De la B Nacional con Ferro a la Primera División con Racing. De rechazado a Campeón. De la Academia a la Selección. De la humedad de una pequeña pieza alquilada en el barrio de Floresta al lujo de una concentración compartida con Lionel Messi. Una historia forjada a puro huevo y sin redoblante.

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