Fútbol Argentino

30 años México 86: Repasa los principales temas la muerte de Borges, el plan Austral y la pelea por la ley del divorcio, los temas del país durante el Mundial

barrio antiguo de Ginebra no llegan los ecos del Mundial. Suiza no participa de una Copa del Mundo desde hace 20 años, cuando casualmente había sido eliminada por la Argentina en el Grupo B del torneo de 1966 que Inglaterra había organizado para ganarlo. Allí, cerca de la plaza de la catedral de la ciudad que más amaba en el mundo, se apaga la vida deJorge Luis Borges, de 86 años, carcomida por un cáncer de hígado.

Borges, que residió en Ginebra durante su juventud, se había rendido finalmente a la atracción del protestantismo y uno de sus últimos deseos había sido descansar en el cementerio de Plainpalais, reservado para los habitantes prominentes de la ciudad; cerca de los restos de Juan Calvino, el prominente reformista del siglo XVI.

En el haber de sus intereses jamás figuró el fútbol. Los pocos comentarios que produjo sobre el deporte de la pelota, permiten asegurar con cierto grado de certeza, que lo detestaba. “El fútbol es popular porque la estupidez es popular” llegó a decir; su acto de máxima rebeldía frente a una actividad a la que concedía nulo interés fue convocar a una conferencia el 25 de junio de 1978 a las 15, día y hora de la final del Mundial de aquel año en Buenos Aires.

La muerte del más grande escritor argentino de todos los tiempos, ocurrida hace hoy treinta años, produjo una congoja de dimensiones comparables a la de la alegría que, como la otra cara de la moneda, generaba la consagración del mejor futbolista argentino de todos los tiempos, en México, a medio mundo de distancia y gracias al Mundial.

Esa alegría no era un sentimiento menor en un país que todavía respiraba el optimismo que le había producido el retorno de la democracia pero que atravesaba grandes dificultades entre un pasado que lo atenazaba y un futuro incierto.

El presidente Raúl Alfonsín solo llevaba 30 meses a cargo de la máxima investidura de la República. Sus deseos de curar, educar y alimentar con la democracia no alcanzaban a cumplirse; el tenebroso poder militar que se había replegado en diciembre de 1983 y había recibido un golpe furibundo con el Juicio a las Juntas y el Nunca Más, quería trazar allí una raya, a base de insinuaciones y planteos.

El recambio ministerial de comienzos de junio de 1986, cuando Alfonsín reemplazó a Germán López, un funcionario de su extrema confianza, por Horacio Jaunarena al frente de la cartera de Defensa, revelaba el alcance de las presiones. La joven democracia estaba tan jaqueada en junio de 1986 como las defensas rivales en el Mundial ante la carga de Maradona con la pelota al pie.

“La Historia Oficial”, la película de Luis Puenzo con Héctor Alterio y Norma Aleandro como protagonistas, que había ganado en marzo el primer Oscar de la cinematografía argentina, mostraba qué tan candente era entonces el tema de los desaparecidos.

El plano de la economía estaba lejos de generar fervor popular. Los efectos del Plan Austral, con el que el gobierno radical intentó estabilizar la economía a mediados de 1985, se diluían sin remedio. Los argentinos arrancaron el Mundial desayunándose con el índice de inflación de mayo: 4%. Desde febrero, cuando el índice había descendido a 1,7%, la cifra más baja de todo el Plan, las cuentas iban recalentándose. En once meses desde la implementación del Plan, la inflación acumulada trepaba al 33,8%.

No eran las únicas cuitas económicas que arrinconaban al gobierno: el plan de lucha del titular de la CGT, Saúl Ubaldini (a quien el presidente había tachado de “mantequita y llorón”) se traducía en una serie de paros generales que detenían al país; y la deuda externa se tornaba agobiante, superando los 50 mil millones de dólares de servicio.

Las discusiones por la sanción de la ley de divorcio enfrentaban al poder legislativo con la jerarquía eclesiástica, que amenaza con excomulgar a los senadores que voten favorablemente el proyecto. “El divorcio conduce a la creciente drogadicción, la violencia y a la delincuencia precoz” proclama el arzobispo de Buenos Aires, Monseñor Juan Carlos Aramburu.

El contexto internacional tampoco alentaba el optimismo. Con conceptos como “glasnost” (transparencia) y “perestroika” (reconstrucción), el reformista Mikhail Gorbachov intentaba modernizar la rígida Unión Soviética para asegurar su supervivencia; la otra superpotencia global, los Estados Unidos, sonreía frente al proceso pero no le daba tregua. El presidente Ronald Reagan y el Papa Juan Pablo II deseaban con fuerza la caída de la Cortina de Hierro y el fin del comunismo, y en ese contexto se movían sobre el tablero mundial los distintos actores. Ignorando por completo a América Latina, Reagan dejaría la presidencia en 1988, un año antes de la caída del Muro de Berlín; perdida la carrera armamentista con su rival, la URSS se desintegró en 1991.

No era sencilla la Argentina de entonces. Pero al menos la gente contaba con Maradona.

Fuente La nacion

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