30 años de Mexico 86:¡Puro amor a la camiseta! nada de hoteles 5 estrellas o lujosos¡conoce “alcatraz” el lugar donde alojo la seleccion que tenía goteras, un baño para siete y Passarella dormía al lado de una parrilla

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En el predio del club América, para que el plantel tuvieran dónde dormir hubo que improvisar cuatro habitaciones precarias en una vieja y lejana construcción; los detalles de las increíbles experiencias que, entre otros, atravesaron Bilardo, Passarella y Valdano

Los periodistas esperan para ingresar en la concentración del América
Los periodistas esperan para ingresar en la concentración del América. Foto: LA NACION / Antonio Montano

Es de noche. Un grupo de hombres camina medio a tientas después de haber cenado en el comedor principal del club América. Algunos eligieron vermicelli al ajo y otros prefirieron pollo a la portuguesa; como postre unos quisieron frutas, un par se inclinó por el helado y no faltaron los que pidieron flan. Pero hay algo que ahora iguala a estos seis muchachos que emprenden la retirada sin linternas por un amplio y sombrío espacio verde: son los desterrados, los parias, los confinados a dormir en “la isla”. Aunque, las cosas por su nombre, se llamen Daniel Pasarella,Jorge Valdano,Oscar Ruggeri,José Luis Brown,Marcelo Trobbiani y Sergio Almirón.

La historia parece extraída de un libro de anécdotas del Mundial de Uruguay en 1930, el primero de la historia, al que algunas selecciones llegaron después de viajar durante semanas en barco desde Europa. Pero es de 1986, cuando la vida ya era en colores, y forma parte de los puntos que se fueron uniendo con trazo firme para construir el esqueleto la selección argentina que se consagraría en el estadio Azteca el 29 de junio.

 

Todo había empezado muchos meses antes, cuando Carlos Bilardo buscaba el lugar ideal del Distrito Federal de México donde alojar a sus jugadores durante el torneo. Y fue su amistad con el Zurdo López, el argentino entonces entrenador del América, la llave que había abierto la ventana del arreglo. Pero el entendimiento no resultó sencillo: para conseguir el aprobado había que superar varios filtros. El campo de entrenamiento -propiedad de Televisa, el holding de medios más grande del país- tenía comodidades suficientes nada más que para 16 futbolistas y el cuerpo técnico: ¿dónde meterían a los otros 6 jugadores que formaban parte de la lista?

Bilardo con Almirón, uno de los
Bilardo con Almirón, uno de los. Foto: LA NACION / Antonio Montano

Fue la mano de Guillermo Cañedo, presidente del Comité Organizador del Mundial y ex presidente del América, la que aceleró las gestiones para que se realizaran las obras necesarias y la selección pudiera instalarse en ese complejo deportivo ubicado en Villa Coapa, hacia el sureste de la ciudad. El último gesto debía venir de Emilio Diez Barroso, máxima autoridad del club en ese momento. Y aquí hay un apartado para esa zona grisácea entre lo nunca confirmado pero nunca enteramente desmentido: Diez Barroso habría puesto como condición que Bilardo incluyera en la lista al arquero Héctor Miguel Zelada, con pasado en Rosario Central pero olvidado en Argentina. En cambio, Zelada era un héroe del América: tricampeón nacional con el equipo y debilidad del presidente. Si, como registra ese mismo lado B de la gesta de México, Bilardo y Julio Grondona aceptaron de inmediato -lo que supondría dejar fuera al Pato Fillol, nada menos-, también forma parte de la opacidad. Lo real es que Zelada fue el tercer arquero del plantel, Fillol se quedó en Buenos Aires y la selección vivió 40 días en el predio del club más popular de Mèxico. Cartón lleno.

El predio del América era pródigo en hectáreas, pero no tanto en comunicaciones. Los habitantes de la isla no tenían cómo paliar una urgencia: en ese lugar que recordarán por siempre no había teléfonos. En realidad, en toda la concentración había apenas uno, y conseguir turno para hablar no era sencillo. “Se respetaban los horarios asignados, para organizarnos”, recordó Fernando Signorini, el preparador físico personal de Maradona, en el libro El partido, escrito por Andrés Burgo (editorial Tusquets), que reconstruye el Argentina-Inglaterra del 22 de junio. Para hablar había que tener fichas, que se compraban en la secretaría del club, de lunes a viernes.

Dormir en Alcatraz

Para resolver el problema de las camas faltantes, se improvisaron cuatro habitaciones en un sector posterior del predio. Se trataba de una construcción que, aun hoy, los protagonistas no terminan de nombrar de la misma manera. Para Brown era “un galpón”; para Ruggeri, “un quincho”; para Roberto Molina -masajista del plantel-, “una vieja cancha de básquet”; y para Bilardo, que también se alojó allí, era sencillamente “Alcatraz”, según escribió en su libro Así ganamos. La comparación suena adecuada: igual que esa famosa porción de la bahía de San Francisco, el lugar estaba aislado, a unos 200 metros de donde el resto del plantel disfrutaba de un televisor color por habitación.

Las comodidades no alcanzaban para aspirar a mostrar “la isla” en una revista de diseño, precisamente. Había un solo baño para las cuatro habitaciones, las camas eran tan cortas que los más altos debieron agregar un cajón para que los pies no sobresalieran y la lluvia, que cuando llegaba era de madrugada, hacía estragos si el viento movía las chapas del improvisado techo. No era raro que, en medio de la noche, los jugadores se levantaran para mover esas chapas y así evitar mojarse.

Maradona habla con su familia y Olarticoechea espera su turno en el único teléfono de la concentración del América
Maradona habla con su familia y Olarticoechea espera su turno en el único teléfono de la concentración del América.

El mensaje que mandó Bilardo al hacer la lista de quiénes vivirían allí salió bien: si Passarella -estaba a punto de pasar de la Fiorentina al Inter- y Valdano -jugaba en Real Madrid- aceptaron sin chistar, ¿qué esfuerzo podían guardarse los demás? La estadía del Kaiser fue la más corta: una extraña enfermedad -sobre cuyo origen se agrega cada tanto una nueva versión, en las que no suelen faltar teorías de conspiraciones internas- lo sacó del plantel muy rápido y tuvo que seguir el Mundial desde un hospital.

En su rol de panelista televisivo, Ruggeri contó hace un par de años en El show del fútbol (América TV) una anécdota que ilustró bien la dimensión de dónde habían estado: “El baño tenía una hendija. Algunas veces Trobbiani se sentaba en el indoro y charlaba conmigo, que lo escuchaba desde afuera”. Tampoco había espacio para los secretos cuando estaban acostados: las divisiones entre las habitaciones estaban hechas con tabiques de madera.

Las parejas se armaron fácil: “En una pieza estábamos Daniel (Passarella) y yo, en otra Ruggeri y Almirón, en otra Valdano y Trobbiani y en la cuarta, Bilardo, solo, porque decía que el técnico tenía que predicar con el ejemplo y estar en el peor lugar”, le contó Tata Brown a la revista El Gráfico en 2011. La teoría de Ruggeri de que el lugar había sido un quincho se apoya en un indicio con aroma a brasas: en la habitación de Brown y Passarella había una parrilla.

La dupla más dispar era la de Valdano y Trobbiani, que en común tenían ser santafecinos y haberse enfrentado en el fútbol español. Poco más: “Él tenía como trescientos libros; yo, ninguno. El Poeta se mandaba unos discursos bárbaros en las charlas grupales. Yo lo dejaba, lo dejaba. Y cuando volvíamos a la pieza le preguntaba: ‘¿Qué carajos dijiste, Jorge?'”, recordó Trobbiani, en uno de los aniversarios del título mundial. Ese que el paso del tiempo se empeña en seguir agrandando con detalles inverosímiles.

Clausen, el Profe Echevarría, Ruggeri, Galíndez, Maradona y Bilardo en la casa de la selección

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